

Desastres naturales, revueltas constantes, masacres gratuitas, odio y
radicalidad crecientes…Parece que en este mundo cada vez hay menos espacio para la libertad y la incertidumbre crece cada día . Los más afortunados se levantan por la mañana con la duda que qué deparará el futuro, y de los menos afortunados, mejor ni hablamos.
El arte no va a solucionar nada de esto pero por lo menos puede transportar nuestras mentes a otros lugares y hacernos recapacitar y reflexionar sobre el mundo en el que vivimos y las circunstancias que nos rodean,
La idea de utopía, de onírica escapatoria en un mundo en el que el sueño de un futuro mejor está a punto de acabar es el hilo conductor de esta macro exposición colectiva cuya duración es tan efímera e intensa como las sensaciones que sus obras pudieran evocar.
Nicole Loeser, comisaria y principal artífice del evento, cree en un arte reflexivo e inspirador, que se plantee cuestiones presentes siempre mirando hacia el futuro y la propuesta que lanzó a los artistas seleccionados fue precisamente cómo se planteaban ellos dicho futuro partiendo del desesperanzador presente en el que nos ha tocado vivir.
La misión de organizar el ingente número de obras en los diversos espacios ha sido delegada por Loeser, a los co-comisarios Jung Me Chai, Maud Piquion, Judith Souriau, Veronika Witte.
Las obras impregnan de una inquietante atmósfera los habitáculos unidos entre sí por portones metálicos y coexisten en armonía con los espacios deshabitados de la antigua fábrica de cajas fuertes.
Algunas obras fueron producidas antes de la muestra y otras fueron creadas para la muestra, como es el caso del trabajo de Ari Benjamin Meyers,
Se trata de una obra sonora configurada para el espacio asignado al artista. Un cubículo otrora usado como horno, en el que se ha de penetrar y en cuyo interior se puede encontrar un austero asiento dispuesto para sentarse. Las pesadas puertas se cierran y durante dos minutos varias creaciones sonoras invaden la oscuridad y hacen estremecer con una turbadora atmósfera que no deja indiferente. Nada especial sucede, nada espectacular, no hay sorpresas. Sólo voces susurrantes superpuestas y otros sonidos. Es interesante en cualquir caso, la relación alternativa con la obra, no desde fuera y a través del contacto visual, sino desde dentro entablando un contacto sensorial.
Enfrente del horno las monocromáticas pinturas al guasch de Luk Berghe representan los centros financieros de Berlín y otras ciudades cuyas construcciones se levantaron paradójicamente inspiradas en la arquitectura clásica de Grecia, quien está lejos de vivir su mejor momento económico. Con el sello Utopia Berghe firma sus obras y con aires melancólicos afirma que desde los años 50, década en la que nació, no ha habido una época peor que ésta.
En la sala contigua las pinturas y dibujos de Karen Scheper cuelgan de las paredes y del techo. Palabras y textos tomados de libros de ciencia ficción se pierden entre borrones de tinta, palabras que se convierten en garabatos y se abstraen en un mar oleado de manchas grises sobre papel y cartón pluma distribuidos por todo el espacio en una especie de instalación tridimensional, escapando de la clásica disposición de obras bidimensionales. La interacción de las obras es absolutamente fluida y su mimentismo con el contexto sorprendente.
En el edificio opuesto tras cruzar la entrada principal las obras de Nikolaus Eberstaller captan la atención en primer lugar. Una cruz rosa con lo que parecen pequeños soldaditos de plástico pegados en la cara superior creando una textura y un Jesucristo bebé pintado de rojo, ambos tumbados en el suelo boca arriba hacen pensar en un desencanto ideológico, en el fracaso de una sociedad materialista que convierte sus convicciones ideológicas en objetos de mercado.
Una montaña de lo que parecen cenizas o restos de dinero quemado hacen una alusión metafórica al dinero que cada día es malgastado el procesos y proyectos inútiles, ignorando las necesidades reales de la sociedad.
Al final de la sala contigua, un mecánico desarticula un coche rojo mientras un elegante personaje, vestido con un traje púrpura recita improvisados pasajes sobre cada pieza que el mecánico desmonta. Hajnal Németh sostiene que en un accidente existen fuerzas incontrolables que toman partido, pero en el arte no hay accidentes, por lo que ella controla las fuerzas de su “accidente” artístico. Destruye un objeto y construye un concepto.
Las fotografías de André Wagner cuelgan en una esquina cuales ventanas a una melancólica abstracción del mundo.
En la segunda planta una una secuencia casi interminable de habitáculos más o menos espaciosos en los que entre otras obras se encuentran la “suicide machine" de Via Lewandowsky, una obra audiovisual de Joseph Ramirez y un vídeo de la artista iraní Raha Rastifard, cabe destacar el trabajo de la comisaria Maud Piquion, quien con infinita sensibilidad hace que las obras de los artistas Michael Zheng, Jérémie Bennequin, Jenny Michel, Megumi Fukuda comulguen a la perfección a través de un poético universo de posibilidades con el papel y la interacción cultural como eje temático central en una de las salas del edificio.
En el piso de abajo una mesa cuya superficie está cubierta del polvo resultante de rasgar un libro llamado “Utopia” ocupa el centro de la habitación. El artista chino Michael Zehng espolvoreó cuidadosamente los restos de libro sobre la superficie lisa de la mesa. En una de las paredes cuelgan unos mapas de lugares imaginarios, dibujados por Jenny Michel, cuyos territorios grabados en placas de resina sobre unos pedestales negros de diferentes alturas también se muestran en la sala.
A un lado se puede escuchar cómo Jérémie Bennequin borra las páginas de “a la recherche du temps perdu” de Proust, actividad que ocupó una parte de cada uno de sus días durante cuatro años.
Los libros que Megumi Fukuda encuentra por la calle y transforma a través de las ancestrales técnicas del origami en esculturas ocupan unas decrépitas estanterías en la planta de arriba de la habitación, fusionando metafóricamente las culturas orientale y occidental.
También aquí se alimenta la idea de destruir para construir algo nuevo y diferente.
La destrucción es creación en este etéreo espacio de la segunda planta
Al llegar a la tercera planta una voz de alguien que parece estar atrapado grita: “¡Hola!” La voz sale de detrás de una puerta al fondo de una pequeña habitación y la veracidad de la grabación y una vibración en la puerta hacen dudar sobre si se trata de una persona real o de una compleja maquinaria. En cualquier caso se trata de una obra de Robert Bartha y afortunadamente lo que menea la puerta y grita es una máquina.
En la última sala de la tercera planta una obra videográfica de Verónica Witte proyectada en una gigantesca superficie triangular hinchable se impone en el medio de una sala oscura con un estremecedor hilo musical, acompañada de unos dibujos realizados sobre unos tests de estadísticas médicas.
Mica Moca, un proyecto también de corta duración engendrado con la idea de aprovechar el abandonado espacio de una antigua fábrica de cajas fuertes en el barrio berlinés de WEDDING. Territorio alejado de donde todo el mundo parece querer estar, ya comienza a mostrar los primeros síntomas de la gentrificación. Popular, sobado y rabiosamente actual concepto que invade las ciudades sin ningún tipo de piedad. Se asoma tímidamente, con engañosa e inocente apariencia, antes de arrasar con todo a su paso.
Los días del abrupto, efervescente y lleno de creatividad espacio MICA MOCA están contados. El objetivo de unir en comunión las diferentes facetas del arte, fusionarlas en lugar de separarlas y enemistarlas, a través de un espacio inmenso cuyos recovecos regalan infinita libertad de acción, motivó este maravilloso proyecto con fecha de caducidad.
Lo que en su día se convirtió en el emblema de esta ciudad. El incontable número de lugares abandonados que poder usar para cualquier tipo de fin, aún sin ningún recurso ni ánimo de lucro, sino con la mera intención de mantener vivo el espíritu de la ciudad, se convierten día tras día en espacios funcionales o lofts de diseño.
A finales de septiembre los decrépitos espacios componentes del complejo de edificios dase convertirán en carnede mercado y un espacio de inmenso potencial creativo y espontáneo habrá sido enterrado. Una vez más.
Pero volviendo a “the end of the dream”, si la muestra es capaz de alterar y redireccionar nuestra visión del mundo o sólo se trata de una serie de objetos materiales vinculados a un mercado y dispuestos en una habitación está por ver.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada